miércoles, 30 de diciembre de 2009

Velázquez de León 26


El pretexto para escribir esta entrada lo proporciona la impresionante base de datos que Google Maps México* ha puesto a disposición de todo aquel que la quiera consultar. Habrá que ir encontrando aplicaciones para el uso de dicha herramienta. Mientras tanto, la curiosidad puede ser una justificación para embeberse horas mirando las calles de la ciudad.

Se dice que el paisaje urbano no deja de transformarse y desde luego la ciudad de México con toda esa extensa zona metropolitana, incluido el estado de México, no pueden ser la excepción de esa máxima. Aunque, en general, los cambios en algunas partes de la ciudad no han sido tan notorios al paso de los años. Tal es el caso de la calle en la que pasé gran parte de mi infancia, adolescencia y los primeros años de juventud. Esa segunda calle de Velázquez de León en la colonia San Rafael aún conserva edificaciones de los años cuarenta, como lo testifica el número 26 que, sin ser un experto en diseño arquitectónico, tiene una fachada diferente y resalta por encima de las construcciones vecinas; aquellas con un lamentable aspecto de caja llena de ventanas. Por supuesto la evaluación está condicionada debido al hecho de que justo el número 26 era el edificio adonde teníamos un departamento familiar. Edificio de tan sólo 18 departamentos que de manera involuntaria fue diseñado y construido con todas las exigencias que cualquier niño del mundo pediría. Con un patio de piso de concreto ideal para las “carreteritas”, el futbolito, frontón, “gallito”, canicas; una delicia para todos; nosotros aprovechándolo para el juego y los padres con la confianza de tener a sus engendros seguros.



En aquel tiempo la banqueta le fue expropiada a vecinos y comerciantes por unos niños seguros de su territorio para declararla zona de cancha; a veces futbolito y otras tochito. Rayuela, de vez en cuando. Por lo menos yo, tuve interminables atardeceres con el pendiente de la tarea escolar sin empezar; la obligación primaria era jugar. Entonces (y ahora) el concreto dominaba el sabor de la ciudad, sin dispensar la importancia que alguien decidió no debíamos compartir con los árboles. Niños creciendo sin ellos. Luego, al correr de los años, vendría el castigo para evitar el usufructo de la banqueta; plantar árboles para evitar el juego de los niños de entonces. Sí, árboles para castigar la naturaleza de aquellos chamacos impertinentes.

Todavía la expresión “niños de la calle” no tenía la connotación de ahora. Para nosotros nunca hubo olor de tierra mojada, pero tampoco asumíamos plena conciencia del inevitable compañero “smog”, hoy término casi olvidado en el lenguaje popular. Los pasteles de lodo eran experiencia poco conocida. Tampoco nos quedamos con aromáticos recuerdos de jardines llenos de flores, ni fuentes de agua, mucho menos albercas, ni columpios; éramos felices niños de concreto y banqueta al más desarrollado estilo defeño en una de sus cientos de miles de calles. Teníamos un río que nunca vimos porque siempre estuvo para nosotros por debajo del asfalto. El parque nos lo permitimos con la independencia de los años (y también de la bicicleta). Hacíamos de los pasillos, escaleras y patio del edificio el punto de partida para la expulsión a la calle. Donde cada portería era por un lado un poste de luz y el otro extremo la pared de algún bendito y paciente vecino. Donde el “hoyo” de las canicas era un defecto en el piso de concreto. Donde el paisaje eran estrechos pasillos con decoración de cristales rotos y la clandestinidad tenía nombre de azotea. Donde un muro del patio era utilizado como “frontón”. Todo el mundo en un edificio, en una cuadra, en una colonia.

Y lo que para algunos hoy son recuerdos eufemísticamente “románticos” para otros fueron años de tortura. Dolor de cabeza seguro lo fuimos. Nunca supe su nombre, pero estaba aquel señor del departamento 12, “el gringo”, que en su desesperación por el ruido de sus vecinitos salía echando mentadas a todo volumen en bonito inglés. O la “bruja” del 6, una venerable anciana que vivía sola y, casi lo puedo afirmar, debió sufrir sus últimos años alejados del ideal de paz y quietud propios de su edad literalmente junto a una bola de fastidiosos haciendo escándalo todos los días a la hora de sus telenovelas favoritas. Si el infierno existe ella lo atestiguó. Una cosa es cierta; con esos niños de vecinos nadie puede decir que la vida es hermosa. Lo podrán decir los niños y los papás de los niños, pero no los vecinos.

No poseíamos palabras como barrio para identificar el cotidiano trato entre iguales. Acaso había un débil orgullo por identificar al colectivo con la colonia; la colonia San Rafael, en contraparte a la Santa Julia. De niño pude presenciar batallas campales con heridos graves entre el bando de “la colonia” contra los de Santa Julia. Y en esa lucha de santidades, de buenos contra malos, por supuesto aquellos eran los malos y los de la San Rafael buenos. Supongo que de haber radicado al otro extremo de la avenida Melchor Ocampo la historia que se contaría sería exactamente la opuesta. Ya desde entonces escuché decir a alguien que los tiempos no eran los mismos y que los jóvenes no sabían respetar a sus mayores. Cuestión de percepciones, porque siendo niños poco sentido tenía hablar de inseguridad, no sabíamos qué era eso. Durante años la puerta del edificio era normal que estuviera abierta a cualquier hora; todavía no asumíamos la costumbre de cargar la llave de entrada. La ingenuidad sí era parte de nuestra indumentaria y en realidad estábamos arropados en una cómoda condición clasemediera.

Para cualquier calle, nombres y apellidos son pasajeros siempre dignos; para el resto del mundo no dejarán de ser cadenas de letras sin esencia ni presencia. Pero los Mc.Carthy, los Ruiz, los Mondragón, los Bonilla, los Rentería, los Cadena; azarosamente coincidentes, cumplieron en tiempo y forma con su obligación de disfrutar el viaje. Ellos (los niños) supieron dejar su aporte a la calle para que finalmente aquellos enanos y famélicos árboles, que fueron plantados como intento de estorbo para evitar el juego, también encontraran su lugar en su propio viaje, no tan pasajero, e imponentes hoy adornen el frente del edificio para dignificarlo aún más. Luego todos crecieron...y quién sabe si después fueron felices.



*Fotos: Google Maps México. Click en ellas para ampliarlas.

2 comentarios:

Francisco M. Velásquez A. dijo...

Me gusto su nota, es la infancia ligada a las cosas comunes que nos inpactan y se convierten en imborrables, la vida sana, común y corriente que siempre quisiéramos volver a vivir. Desde mi puesto , a un clic de su pagina a la derecha, disfruto de esta nueva vida que nos trajo la tecnología y que gracias a Dios nos tocó vivir.

Eduardo Rentería dijo...

Gracias Francisco por tu visita y comentario.