martes, 29 de julio de 2008

29 de Julio 1968


El bravucón con o sin uniforme, nunca se raja. Los líderes de La Federación Nacional de Estudiantes Técnicos se ven obligados a encabezar la marcha del 26 de julio con una manta anti-gobierno; “Granaderos, vergüenza de México”.* Hasta ese momento el blanco de la protesta es marcadamente todavía impersonal. La figura del presidente Gustavo Díaz Ordaz no aparece como el motivo de encono. Son la policía y su cuerpo de granaderos el objetivo contra el cual se encauza las primeras consignas de los estudiantes.

Varias cuadras en el centro de la capital, lo que se conocía entonces como el Barrio Universitario, La Plaza de la Ciudadela con sus vocacionales cercanas, la vocacional 7 en el conjunto habitacional Nonoalco-Tlatelolco serán básicamente los focos de enfrentamiento durante varios días (desde el 26 hasta el 30 por la madrugada) entre estudiantes contra policía y granaderos. Hasta el 29 de julio es cuando se marca un cambio de timón con la decisión de gobierno para utilizar al ejército y acabar con los disturbios. Me disculpo por no recordar en dónde alguien escribió más o menos lo siguiente: bastaron tres días para que el gobierno federal autorizara el uso de los militares. Soy de opinión contraria; se tardaron en sacarlos a las calles (hay que recordar que el ambiente de mutuas agresiones entre policía y estudiantes se estaba registrando desde el 23 de julio) y en ese tiempo el ejército comúnmente se utilizaba en labores policíacas contra la población civil.

Con el peligro de la simplificación habría que resaltar que en cualquier grupo humano en términos generales hay tres categorías fáciles de distinguir. En primer término estaría la excelencia, aquellos que son minoría, muy contados, pero destacan por tener una gran vocación en lo que realicen, con gran capacidad creativa y liderazgos casi naturales. Luego están los mediocres, siempre con la actitud de esperar y actuar según como “se muevan las aguas”, con vocaciones nunca definidas; pero son la mayoría. Y por último aquella minoría audaz, astuta, arrojada (valores propios también de la excelencia) pero con tendencia autodestructiva.

Cuando el 26 de julio se escucha ¡Zócalo!, ¡Zócalo!, los extremos se estaban expresando. Unos buscaban el Zócalo para demostrar la importancia de romper con lo no escrito del simbolismo del lugar, el cual representaba entonces el centro de poder; era tomarle la plaza al enemigo (el gobierno). El otro extremo seguía el juego pero en sentido inverso; llegar al Zócalo y enfrentar a descubierto al poder para reventar la protesta. Y enmedio los mismos de toda la historia de cualquier movimiento; a ver qué pasa. Al respecto Sergio Aguayo transcribe en su libro el reconocimiento de este hecho por un líder estudiantil; “Esa participación fue decisiva en los combates callejeros del 26 y de la madrugada entre el 29 y el 30 de julio. Los porros de las preparatorias y de las vocacionales fueron en esos choques los núcleos alrededor de los cuales se vertebró la resistencia exitosa que venció el hasta entonces temido cuerpo de granaderos y a la policía en general, por la sencilla razón de que esos porros estaban curtidos en las peleas callejeras.”** Para mayor énfasis está el dato siguiente; si el ejército movilizó 2,000 elementos el 29 de julio es porque debió calcular una fuerza de cinco contra uno (sin contar a la policía y granaderos). La prueba de que esa proporción era correcta la confirma los reportes periodísticos de la época y las cifras de los mismos estudiantes; una vez tomadas diferentes instalaciones escolares por parte de autoridades militares el número de detenidos osciló en los 500.

¿Dónde estaba, no ya la gran masa estudiantil del Distrito Federal en el 68, sino los 8,000 manifestantes convocados entre la suma de Federación Nacional de Estudiantes Técnicos y Central Nacional de Estudiantes Democráticos para el 26 de julio? Tan sólo 500 es el número aproximado que hizo morder el polvo al aparato de seguridad pública del Distrito Federal durante varios días. Detenerlos y consignarlos hubiera sido suficiente para después enfriar las cosas y dejar pasar el problema. Pero de lado de la autoridad, hombre, no podía ser de otra manera, también estaba la línea dura enseñoreada; por la madrugada del 30 de julio ordenaron un bazukazo a la puerta del histórico ex Colegio de San Ildefonso, sede entonces de las preparatorias 1 y 3: la Autonomía Universitaria reclamaría entonces así su lugar.

*Sergio Aguayo Quezada, 68: los archivos de la violencia, pág 124.
**ídem, pág 126.