jueves, 18 de septiembre de 2008

18 de Septiembre 1968


En parte de un comunicado de prensa expedido por la secretaría de Gobernación el 18 de septiembre de 1968 a la 22:30 horas se justificaba el proceder para ocupar militarmente Ciudad Universitaria: “Corresponde al gobierno federal, imponer ‘…el orden jurídico general, que incluye el orden interno universitario…’” Con el uso de la fuerza pública se desalojó entonces CU.

El objetivo militar se cumplió a medias. La toma de la Universidad era quitarle un foco de reunión a estudiantes que desde el principio del movimiento no habían dejado de utilizar las instalaciones físicas de facultades y escuelas para realizar mítines, asambleas, coordinar brigadas, repartir propaganda, organizar eventos culturales y en general disponer de recursos materiales para darle continuidad operativa al engranaje que desde fuera era visto de una sola forma: un lugar de entrenamiento para guerrilleros. Se cumplió a medias porque el descabezamiento de sus principales líderes no fue posible lograrlo ese día. Hay decenas de anécdotas publicadas en voz de algunos destacados líderes contando su experiencia que les permitió evadir la acción del ejército y por alguna circunstancia particular no coincidir con ese operativo militar de la toma de Ciudad Universitaria.

Como primera aproximación para tratar de comprender la ocupación militar de la Universidad, Sergio Zermeño en su libro Mexico: Una democracia Utópica, cuestiona acertadamente la lógica gubernamental de aquellos días. Hay que recordar que para esa fecha (18 de septiembre), y siguiendo el razonamiento de Zermeño, la unidad al interior del movimiento se estaba volviendo muy endeble como consecuencia del distanciamiento entre tres sectores: el profesionista o reformista de izquierda, el politizado de izquierda (Partido Comunista Mexicano) y el radical joven. Anota Sergio Zermeño: “Pero la manifestación silenciosa y los actos del 15 de septiembre sólo lograron ocultar un poco el estado de estancamiento que apuntaba ya, de alguna manera, a la desarticulación, cuando ya comenzaban a agotarse los medios de movilizar a la base estudiantil y la presencia activa de ésta disminuía sensiblemente, tocaría al adversario, una vez más, la torpe e incomprensible iniciativa de abrir un nuevo ciclo en la dinámica de la acción y del conflicto…¿Qué llevó al gobierno a tomar militarmente la Universidad la noche del 18 de septiembre con la prepotencia que evidencian los 10 mil soldados que efectuaron la operación? Sobre todo si tiene en cuenta que atacar la autonomía universitaria significaba tocar uno de los valores más inflamables del sector profesionista; significaba promover la acción y robustecer gratuitamente la alianza del actor movilizado en un momento en que movilización y alianza se encontraban en su punto más bajo. Todo para que el secretario de Gobernación declarara a la mañana siguiente: ‘La fuerza pública saldrá de la Ciudad Universitaria y ésta será entregada a las autoridades universitarias inmediatamente que éstas lo soliciten.’”


La experiencia del error cometido por el gobierno en 68 fue bien aprendida para posteriores conflictos universitarios. En la prolongada huelga que comenzó el 20 de abril de 1999 se utilizó a la Policía Federal Preventiva (en realidad militares, sencillamente uniformados de otra manera) hasta el 6 de febrero del 2000; casi un año para la toma de Ciudad Universitaria, es decir, se dejó que los estudiantes fueran generando sus propias divisiones al grado de aislar a unos cuantos en las posiciones radicales y utilizar la fuerza contra ellos cuando el apoyo social se les había retirado de una manera significativa. No así en 1968; un importante apoyo popular todavía tenía el movimiento al momento de la intervención de los militares en la Universiidad.

La toma de CU en 1968 desde luego también tenía presiones externas por demás obvias. Algunos miembros del Comité Olímpico Internacional tenían contemplado como un escenario suspender los juegos de octubre aduciendo, principalmente, razones de falta de garantías para visitantes y competidores. El más importante escenario olímpico, el estadio en ciudad universitaria, destinado para la inauguración de los juegos así como el desarrollo de las competencias de atletismo, estaba dentro del campo de acción de los estudiantes. Y aunque el compromiso del presidente Gustavo Díaz Ordaz nunca fue puesto en duda por la alta jerarquía del COI, la incertidumbre entre ciertos miembros de ese organismo en conjunto con las especulaciones de la prensa internacional fueron puntos no menores que el gobierno debió pulsar en la orden para tomar las instalaciones de la Universidad , sin olvidar, por supuesto, el carácter ineludible del autoritarismo intimidatorio del poder en lo general y lo particular del estilo del presidente.

La demostración de fuerza pública con militares al frente ya estaba previamente respaldada desde varios días antes con represión selectiva a líderes y simpatizantes en un ambiente de clandestinaje y con el uso de elementos paramilitares. La orden para detener a varios personajes claves y aplicarles “todo el peso de la ley” estaba también en marcha. La agresión directa a diferentes planteles del Poli y la UNAM están documentados y sirven para entender la lógica en el proceder del mecanismo directo de la represión y su fin (tanto para ese año como para nuestra historia en general); transmitir miedo e incertidumbre entre estudiantes y población en general. Quien nunca ha recibido el efecto real de una presión a través de violencia física o psicológica es muy común que interprete cómodamente esa situación desvalorando y menospreciando el asunto al grado de negar, o los hechos, o los testimonios de los afectados. El papel que jugaron en ese sentido la mayoría de medios impresos y electrónicos fue acorde con la estrategia gubernamental, ya fuera negando o minimizando la represión.

En la coyuntura actual de la campaña militar contra el narcotráfico, para entender la desproporción de la movilización militar en la toma de CU, en una ciudad como Ciudad Juárez, Chihuahua, donde la ola criminal y de ejecuciones es francamente alarmante, el dispositivo implementado en número de efectivos reconocidos por la Secretaría de la Defensa es de un total de 2 mil 500 efectivos. En 68, contra estudiantes, se utilizó una fuerza de 10 mil efectivos. ¿Alguien puede dudar que su comandante en jefe había perdido las proporciones del uso legítimo de la fuerza?



Fotos: El Universal

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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Daniel Santiago dijo...

Ver estas imágenes y leer me generan emociones diversas. Una de mis profesoras era estudiante en aquella época y cuenta acerca de una chica que, en medio de la sorpresa que causó el ejército entrando a C.U. en lugar correr, subió al último piso de la Torre de Humanidades donde estuvo hasta el fin de la ocupación. Cada uno de estos recuerdos puede ayudar hoy en día a fortalecer la idea del Nos-Universidad que Herlinda Suárez mostró en algún texto (pero eso es otra historia)

Daniel Santiago dijo...
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